Papas

Editorial Nº 37. Diciembre / 2021

Enero del año 897: el papa Formoso es desenterrado y conducido a un tribunal presidido por su sucesor, Esteban VI. El cadáver, revestido, fue enjuiciado bajo el cargo de incumplir los cánones. Un diácono debía contestar por él al interrogatorio… Condenado, se declaró nulo su papado. Arrancados sus ornamentos, le cortaron los tres dedos con los que bendecía. Le echaron al cementerio de extranjeros, y finalmente fueron arrojados sus restos al Tíber.

Una crecida devolvió el cadáver, y el papa Teodoro II lo trasladó al Vaticano, cuyas estatuas, según la leyenda, se inclinaron a su paso. Juan IX rehabilitó al ultrajado Formoso, cuyo nombre figura en la web oficial de la Santa Sede como el 111 papa de la Iglesia.

Con esta truculencia se inicia el llamado Siglo de Hierro del papado. La sede pontificia fue zarandeada por intereses temporales y no faltaron episodios violentos e indignos. “Si la Iglesia no naufragó en aquella tormenta fue porque su Fundador la hizo inmortal y le dio promesa infalible de perpetuidad” (García Villoslada, Historia de la Iglesia, BAC).

En el siglo XIV, el Cisma de Occidente: un papa en Roma y otro en Aviñón. En el Renacimiento, la mundanidad y el nepotismo contaminan la curia romana… Pero las flaquezas de los papas nunca han quitado de sus manos las llaves de Pedro. Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia, es rotunda: “sea como sea, bueno o malo, no debemos retraernos de nuestro deber porque la reverencia no se le hace a él por él mismo, sino a la Sangre de Cristo y a la autoridad y dignidad que Dios le ha dado para nosotros. Esta autoridad y dignidad no disminuyen por ningún defecto que tenga…”.

Muchos han sido los papas ejemplares y santos… Desde su inicio, Peñalba ha caminado de la mano de tres grandes papas.

Inauguradas sus aulas, el 16 de octubre de 1978 es elegido Juan Pablo II, que cautivó a numerosas promociones; en 2003, por el 25 aniversario de Peñalba y Pinoalbar, envió su bendición apostólica a los profesores, padres y alumnos. Después, durante casi ocho años, Benedicto XVI nos alumbró con su bondad y sabiduría. Desde 2013, Francisco nos anima a recibir “el sacramento del hermano” (2019, Skopie) y a asumir activamente “el cuidado de la naturaleza y de los pobres” (Laudato si, 237).

Una sugerencia sobre cada uno de ellos:

  • De Juan Pablo II, carta Rosarium Virginis Marie. Si la lees, corres el riesgo de hacerte adicto al rosario. Una palabra, la primera de su pontificado: “¡No tengáis miedo!”, “¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!”.
  • De Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Un libro serio para saber más. Y su primera palabra: “Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande”, “Él no quita nada, y lo da todo”.
  • De Francisco, carta Patris corde, si aún no has descubierto a San José. Y una palabra: “Dios es Padre, es misericordia, nos ama siempre”, “Dios se acuerda de mí
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