Un anciano agradecido

Editorial Nº 34. Junio / 2020

Atletas del espíritu. Ascetas homéricos. En el siglo IV, en los yermos de Egipto y Palestina, surgió una raza de hombres de fuego. Sembraban oraciones en la arena, para cosechar el cielo. Eran los Padres del desierto.

Los apotegmas recogen sus impactantes enseñanzas. Discreción: El abba Agatón llevó tres años una piedra en la boca hasta que aprendió a guardar silencio. Perseverancia: El abba Ammonas dijo: He estado catorce años pidiendo día y noche al Señor que me diese fuerza para vencer la ira. Caridad: Unos ladrones entran en la celda de un anciano, que les dice: Coged lo que queráis. Arramblan con todo, menos un saquito, que no ven. El anciano lo coge y sale gritando: ¡Hijos míos, os habéis olvidado esto!

He estado catorce años pidiendo día y noche al Señor que me diese fuerza para vencer la ira

El abba Sisoés dijo a un hermano: ¿Cómo estás? Contestó: Pierdo el día. El anciano le dijo: Cuando pierdo el día, yo doy gracias. Este apotegma denota una permanente disposición de gratitud. Un talante de acción de gracias por todo: por lo bueno, y hasta por lo malo. Gracias, si nos hemos torcido, porque podemos enderezarnos. Y por el mal que sufrimos, porque nos purifica, y así valoramos lo bueno.

El coronavirus ha sido —es— una oportunidad para valorar lo que la providencia nos regala: realidades que a veces damos por sentadas. La familia: esposa, padres, hijos, hermanos, abuelos, nietos…: ¡Los que siempre nos quieren! Y los amigos, los viejos y nuevos amigos. Y los conocidos, aspirantes a nuestra amistad. Y el gasolinero conversador, el taxista jovial, o el camarero del Madrid…

La salud, la comida, el descanso, tu canción favorita, el trabajo, las medicinas, el agua del grifo, el partido de la Champions, las risas, los zapatos, la cabezada, los buenos libros, esa cervecita, la casa, el sol del invierno… Y ¡cómo no!, la Asociación de los antiguos de Peñalba, nuestra promoción, la revista que estás leyendo…

Y cosas muy serias, que hemos echado de menos: la Santa Misa, comulgar, o arrodillarnos ante un sagrario. Y otras que nos han sostenido, como el tesoro de la fe, o la auténtica esperanza. ¡Tanto que no merecemos! ¡Tantas gracias que dar!

El sabio calderoniano, quejicoso por comer sólo hierbas, se curó viendo que otro sabio iba cogiendo / las hierbas que él arrojó. El Covid-19 también puede sanarnos, provocando que hagamos del agradecimiento una forma de vida. Porque vivir es un continuo milagro, y los milagros se agradecen.

¡Ah!, y hubo Madres del desierto. Como amma Sara, ejemplo de autodominio, de quien decían que vivió sesenta años junto al río, y nunca se inclinó para mirarlo.

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